Cuando llega la hora de la cena cada uno tiene su menú. Los expertos aseguran que esta tendencia se está multiplicando en los hogares argentinos. Las dietas de alguno de los integrantes de la familia, las preferencias por ciertos tipos de menús de los más chicos, los vegetarianos, o las personas que son celíacas, entre otras cosas, hacen que “cada uno coma la suyo”.

 

Además de estas causas por las cuales cada uno tiene “su menú”, los sociólogos aseguran que hay tres puntos clave: la falta de rigidez en el horario de las comidas. Vivimos tiempos de personalismos y eso se ve reflejada en la alimentación. Y por último que muchas personas “comen algo” entre las cuatro comidas fundamentales del día.

Vamos a detenernos en el caso de Romia Caligiuri, que debió modificar los hábitos gastronómicos de su familia porque a su hija le diagnosticaron celiaquía. Ella mantuvo  una charla con el diario La Nación.

«Hace 4 años nos encontramos con el diagnóstico de celiaquía de Sol y después me hice estudios genéticos y me salió que era intolerante al gluten y la lactosa. A partir de ahí hubo que cambiar la alimentación. A esto se le suma que mi hijo es deportista, entrena fuerte y necesita también una dieta especial. Por suerte siempre me gustó cocinar. Es algo a favor cuando estás en esta situación», contó Romina.

«Paro no volverme loca intento que las bases sean las mismas, con carne, pollo o pescado, y a partir de ahí buscarle la vuelta: con clara de huevo para hacer un plato más proteico para mi hijo, sin lactosa para mí y sin gluten para mi hija. Mi marido, que es el que no tiene restricciones, se adapta a lo que va surgiendo», explicó.

 

La mirada de los expertos:

Georgina Alberro, médica especialista en nutrición y autora del libro GABA: un método para cambiar los hábitos alimentarios, sentirse mejor y disfrutar más de la vida dejó en claro su punto de vista. «Las diferencias están de por sí. A cada uno le gusta algo diferente, siempre fue así. Lo que cambió es que ahora hay menos tiempo para compartir con los hijos, y prepararles lo que les gusta es un mimo que les hacemos porque no los vemos tanto. La culpa hace que entremos en esa, que no es tan mala si no caemos en comer siempre lo mismo -dice la especialista-. Si bien está bueno que cada uno priorice sus gustos, la contracara es no probar nuevos alimentos. De por sí, hay una tendencia a repetir lo que comemos. Si a tus hijos les hacés siempre los que les gusta o lo que piden porque si no no comen o porque te sentís culpable, dejan de probar cosas nuevas. Hay que evitar la monotonía alimentaria, no se puede comer siempre lo mismo o únicamente lo que me gusta», remarcó Alberro.

El sociólogo francés Calude Flischer sostiene que «los dispositivos de regulación social son cada vez menos eficaces y no hay criterios unívocos, sino una gama de criterios a veces contradictorios. El comensal moderno, falto de normas y con un mayor campo de decisión, vive en un estado de ansiedad permanente, pues aspira al equilibrio en un entorno de desorden. La comida, por ello, siempre es fuente de ansiedad».

La antropóloga Patricia Aguirre, en su libro Una historia social de la comida sostiene que  «La comida es un reflejo de nuestra vida. Comemos como vivimos. Es una sociedad donde se valorizan las decisiones individuales frente a las del grupo -plantea-. En la alimentación pasa igual. La gente come sola, consume porciones individuales todo el tiempo a lo largo del día. Desaparece la mesa y aparece el picoteo. Y cuando la mesa está presente, es solo situacional, porque no se comparte el mismo plato. Las grandes industrias son las que deciden el destino de nuestra dieta y son las que nos empujan a comer fragmentado, valorizando las particularidades. En una mesa donde hay cuatro platos distintos se plantea otra sociabilidad».

 

Fuente diario La Nación

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