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“Buscamos que sea más fácil la vida del celíaco”

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Eduardo Arranz, José Antonio Garrote y David Bernardo Ordiz participaron en el Primer Simposio Latinoamericano de la Enfermedad Celíaca, que se realizó en junio, en Buenos Aires. Vinieron desde España, donde trabajan en inmunología, en un departamento de pediatría y cuentan con un laboratorio cuyo principal objeto es la enfermedad celíaca. En un receso del simposio respondieron a todas las preguntas.

Edición Nº9 - Noviembre 2007

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Bernardo Ordiz, Arranz y Garrote trabajan en genética y técnicas de diagnósticos, junto a clínicos y gastroenterólogos, en los dos hospitales universitarios de Valladolid, España. La enfermedad celíaca (EC) es una de sus principales ocupaciones. “Nuestra labor es la docencia en medicina –anticipa Eduardo Arranz, y presenta a sus compañeros-: José Antonio trabaja en la unidad de investigación de un hospital clínico, y David, en el laboratorio. Ellos son la energía que hay detrás”.

¿Qué les pareció, en líneas generales, este simposio? “Nos pareció estupendo -expresa Arranz sin dudar-: La gente que trabaja en la Argentina en EC es muy competente. Por eso, es fundamental la organización de este tipo de encuentros para establecer relaciones, porque es gente con la que estaríamos encantados de trabajar.”

¿Hay alguna novedad en cuanto al tratamiento de la EC? “El tratamiento siempre va a ser no ingerir gluten -enfatiza Garrote-. Pero podemos suavizar ese tratamiento, de manera que los celíacos no tengan que preocuparse por si hay una pequeña contaminación o si un día se han equivocado. Queremos lograr que tengan una vida más sencilla, pero el tratamiento no va a ser tomar una pastilla y después comer tres panes.” Arranz ejemplifi ca: “Hablamos de tratamientos complementarios o suplementarios a la dieta simple. Es decir, si el gluten es la proteína tóxica, evitémosla. Pero no es bueno estar obsesionados en situaciones particulares como, por ejemplo, un viaje. Y en ese momento, ese tratamiento (futuro) podra ser efi caz como complemento a la dieta libre de gluten. Pero no hay que confundir complemento con reemplazo”.

¿Y sobre qué pistas están investigando? “A nosotros nos interesa saber qué ocurre en el intestino una vez que el gluten ha llegado allí”, indica Arranz, y Bernardo Ordiz completa la idea: “Lo que estamos viendo es que los nuevos conocimientos en torno a la respuesta innata al gluten son los más novedosos. Tradicionalmente, asumimos que el gluten es sólo una proteína tóxica en los pacientes celíacos. Lo que estamos viendo es que hay dos tipos de respuesta inmunológica: una primaria, o innata, que se dispara en un primer momento, y una más tardía, o adaptativa, que es la que verdaderamente produce la lesión celíaca. En los últimos años, lo que se ha visto es que ese primer paso era imprescindible para que se desencadenase la EC. Y nosotros no entendíamos por qué ese gatillamiento era específi co de los celíacos si no había ningún factor diferencial. Lo que estamos tratando de demostrar es que el gluten es una proteína altamente tóxica, capaz de inducir pequeñas modifi caciones moleculares en todas las personas, sean o no celíacos”.

¿Qué implicaría que el gluten sea una proteína tóxica que no sólo puede afectar a los celíacos? “Parece que la gliadina es capaz de hacer su daño tóxico en todos los intestinos -explica Bernardo Ordiz- y que, por mecanismos en los que estamos trabajando, el paciente celíaco tiene un menor umbral de respuesta, es decir, es más predispuesto a que esa pequeña lesión le desencadene, secundariamente, la infl amación de la mucosa intestinal.” Garrote aclara el concepto: “Si bien es un hallazgo muy importante poder ver que todos, en cierto modo, tenemos una reactividad a la gliadina, no debemos sacarlo de contexto. Sería una sustancia extraña de las tantas que llegan al intestino, y el intestino normal está preparado para reaccionar frente a eso. El problema es que en los celíacos no se detiene la reacción. Esa es la diferencia. Y queremos observar por qué los mecanismos de control no se activan. En eso estamos trabajando”.

Siempre se dijo que el celíaco responde a la gliadina y el no celíaco, no. ¿No es así, entonces? “No: todo el mundo responde a la gliadina -enfatiza Bernardo Ordiz-. La diferencia es que el celíaco tiene un menor umbral de respuesta y el grado de respuesta es mucho mayor.” Arranz agrega: “Uno de los intereses de nuestro laboratorio es poder identifi car, desde el punto de vista molecular, qué tiene de diferente (si es que es así) el intestino del celíaco. Desde el punto de vista diagnóstico, es muy importante saber que podemos tomar una pieza de intestino y advertir si ese individuo puede o no desarrollar la EC, porque el diagnóstico se realiza siempre después de que el paciente haya ingerido gluten. No somos aún capaces de ver ninguna diferencia entre los pacientes celiacos en dieta y los no celiacos”.

Diagnóstico, tratamiento y asociaciones en España En España, ¿cómo llega el paciente al consultorio y cómo sigue el tratamiento? “Allí, como en la mayoría de los países -responde Garrotehoy, la EC se diagnostica en dos puntos. La EC que se diagnostica en pediatría, aparece con un planteamiento más o menos clásico, aunque más suave que antes (ya no aparecen los niños con las barrigas hinchadas), pero sigue dándose una presentación típica, clásica (con diarreas, alteraciones del crecimiento, poco después de introducirles el gluten, lo que ocurre entre los seis meses y el año de edad). En nuestra zona, como hay larga tradición con la EC, se introduce antes, a eso de los cuatro meses. Los pediatras llegaron a la conclusión de que era preferible no enmascarar la EC; es decir, no recomiendan recomiendan que se retrase la ingesta del gluten porque, de ese modo, los síntomas podrían pasar inadvertidos en ese período.”

¿El adolescente celíaco constituye un caso especial? “Ante todo, es fundamental no tratar al adolescente como un problema especial, sino como un adolescente –sugiere Garrote, y analiza-: Aquellos que comenzaron con el tratamiento en la infancia, no deberían tener mayores problemas durante la adolescencia, porque la intolerancia al gluten ya forma parte de su vida. El gluten no le llama la atención a aquel que nunca lo ha probado. Lo problemático, en cambio, resulta quitar el gluten cuando el joven ya estaba habituado a él.”

¿Y qué particularidades tiene la EC en el adulto? “La EC del adulto hace poco no existía o era una rareza -continúa Garrote-: Allí las manifestaciones gastrointestinales siguen dominando pero de una manera mucho más tenue. Se llegan a tomar como parte de la peculiaridad del individuo. Y hay aproximadamente un tercio que no sabemos si llamarlas EC o sensibilidades al gluten. Pero todos estos cuadros responden a la dieta libre de gluten, aunque no cumplan con los marcadores típicos. En los adultos, la serología no es aquella panacea que resulta para los niños, donde es uno de los mejores marcadores de la medicina. Ninguna otra enfermedad tiene una sensibilidad de alrededor del 95% o más. En los adultos, esas cifras no se cumplen. Por eso, cuanto más diagnostiquemos en la infancia, los que pasen esa criba van a tener menos factores típicos para llegar a ese umbral, tanto genéticos como de otro tipo.”

¿Cómo se complementan el trabajo del médico y el de las asociaciones de ayuda al celíaco? “El trabajo del médico, en España, fi naliza con el diagnóstico -responde Bernardo Ordiz-: Luego, las asociaciones de celíacos son las encargadas de explicar e informar al paciente. Y tienen un arduo trabajo, ya que el diagnóstico puede resultar muy traumático (algunos médicos suelen hablar de una enfermedad crónica pero, aunque se trate de una intolerancia de por vida, no conviene hablar de enfermedad crónica porque suena mucho más fuerte). En defi nitiva, no es el fi n del mundo. Sólo se trata de cambiar un poco los hábitos y buscar grupos de contención.”

Habituado desde pequeño
David Bernardo Ordiz es biólogo, tiene 26 años, y le diagnosticaron la EC al año y medio o dos años de edad: “Eso lo sabe mi madre, que es la que se acuerda de esas cosas”, confi esa. Y recuerda su experiencia: “A mis padres les resultó muy duro, porque en España, entonces, apenas se conocía la EC, había pocos celíacos diagnosticados y las asociaciones aún no estaban funcionando. Yo me acordaba que de pequeño había estado muy mal. Por eso, cuando mis padres me decían que no podía comer esto o aquello, yo sabía que no era un castigo. Ya a los siete años leía las etiquetas de los alimentos para saber si podía comerlos. Esos pequeños gestos hacen que durante la adolescencia ya estés más acostumbrado, ya que la dieta libre de gluten forma parte de tus hábitos de vida”.

Alejo Rodríguez de Fraga

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