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Flores violetas

En el campo brillaban las fl ores rojas, las amarillas y las anaranjadas. Y había un pequeño sendero bordeado de alelíes violetas muy preciosos...

Edición Nº 6 - Mayo 2007

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En el campo brillaban las flores rojas, las amarillas y las anaranjadas. Y había un pequeño sendero bordeado de alelíes violetas muy preciosos.
-Jamás te arrimes a esas flores, Chela, -le dijo la mamá a la pequeña mariposa. Y Chela se movió con rapidez y miró de reojo, porque las flores violetas eran lindas. Olían a frescura, iluminaban el camino. ¿Qué podría pasar si acaso, alguna vez, se acercara un poco?
Chela era una mariposa muy joven. Todavía estaba aprendiendo las cosas de la vida. Sabía que de las fl ores rojas y de las anaranjadas obtenía el néctar más nutritivo.
Su mamá le había explicado que los capullos amarillos le ofrecían un jugo sabroso, aunque no tan alimenticio. Las hermosas florcitas violetas tenían un polen pegajoso, que se iba juntando de a poco en las patas y en las alas de las mariposas, y pesaba tanto que, al final, aquellas mariposas que se acercaban demasiado ya no lograban volar por mucho tiempo.
Sin embargo, esas flores olían como ninguna. Y brillaban como enviadas por los ángeles. ¿Cuánto mal le podían hacer si se acercaba un poquito? Otros insectos libaban de su néctar: las moscas, las abejas, los abejorros. ¿A ellos no les pasaba nada? ¿Y quién se iba a enterar si lo hacía a las escondidas?
Una mañana, las demás mariposas descansaban aún.
Chela extendió sus alas multicolores, alargó su cuello, equilibró su cola. ¡y a volar hacia las ansiadas fl ores violetas!
¡Qué maravilloso colorido! ¡Qué aroma singular! ¡Qué sabor! En realidad, este polen no era tan distinto del que Chela conocía, pero a ella le parecía el más genial del mundo.
Y Chela libó y libó, al principio con cuidado, porque recordaba las recomendaciones de su mamá: "no te acerques a las flores violetas".
Cuando estuvo satisfecha, se miró las patas y las alas.
Bueno, sí tenía un poco de polen pegado, pero no era para tanto. Y lo disimuló con algo de polvo.
Al día siguiente, ya las palabras de su mamá le importaron poco. ¡Las flores violetas le interesaban!
Y así voló Chela hasta ellas y pasó mucho tiempo libando.
A la tarde, saciada y repleta, la mariposa quiso levantar el vuelo. ¡Imposible!
Se miró las patas y las alas. ¡Estaban totalmente pegoteadas!
¿Y ahora? ¿Cómo haría para limpiarse? ¿Cómo haría para salir de allí? ¿Cómo conseguiría llamar a su mamá?
Chela movió sus antenas. Nada. Quiso mover sus alas.
Nada. Quiso frotarse las patas. Nada de nada. La mariposa estaba paralizada.
-Buah, buah. -lloró un rato- Si le hubiera hecho caso a mi mami.
Pero era tarde y no había nada que hacer. Chela estaba sola y asustada como nunca. Se quedó muy quieta. No quería atraer a los pájaros, que se habrían dado una panzada si la hubieran descubierto. Y lloró y lloró por haber desobedecido a su mamá.
Muchas horas pasaron antes de que su tío la descubriera ahí escondida, entre las fl ores violetas. Y muy difícil le resultó a la familia salvar a Chela.
Primero tuvieron que sacarla de allí. Después debieron limpiarle el polen pegoteado, granito por granito. ¡Eso llevó días! ¡Y fue tan aburrido!
Al fi nal, después de mucho esfuerzo, Chela volvió a volar. Y ya nunca más se acercó a las fl ores violetas.

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